Amy CostalesEscuché mis primeras palabras de español en el regazo de mi abuelo. El hijo de una inmigrante siciliana y un cubano/español que fue exiliado cuando EEUU invadió Cuba en 1898, hablaba inglés, español e italiano. Se crió en Ybor City, una comunidad de españoles, cubanos y sicilianos que hacían puros en Florida. Era cuentista que creaba un mundo de fantasía de España y Cuba, quizá por una nostalgia heredada. Cuando yo era niña, mi familia se mudó a España, y parte de su fantasía se hizo mi realidad. Vivía en un pequeño pueblo blanco de calles empedradas rodeado de campos donde la flor de mostaza crecía tan alto como yo en la primavera. Pensé que nunca me iría. Cuando era adolescente, mi familia se mudó inesperadamente a California, pegado a la frontera con México. Para ese entonces, me identificaba como española y hablaba inglés con un leve acento. Acostumbrarme fue una lucha, y abandoné la prepa. A veces me encontraba sin hogar, y trabajaba en restaurantes de comida corrida y en la limpieza de casas. Me casé con un joven inmigrante mexicano, y pronto nació mi hija. A él lo dejé, pero nunca a la comunidad mexicana a la cual me introdujo. Tenía una hijita que mantener, y entré al colegio comunitario a los veinte tantos años. Sin mi familia y mis amigos, que ofrecieron amor, ayuda con mi hija, donde vivir, mantenimiento de mi auto y risa, no hubiera podido con los estudios. Por eso la familia extendida es un tópico en mis libros.
Mis experiencias en la prepa al mudarme a California me llevaron a ser maestra. He enseñado tercer grado bilingüe, quinto grado, español, ciencias sociales e inglés como segunda lengua. He enseñado en escuelas internacionales en Tailandia y la India y en escuelas públicas en Oregón y California. Actualmente enseño español y español para hablantes de herencia en la Universidad de Oregón, donde soy también consejera para el Programa de Español para Hablantes de Herencia. El aspecto de mi trabajo que más me fascina es invitarles a los estudiantes a escribir sobre sus historias, sus familias y sus sueños.
amy costalesSiempre me ha encantado escribir. Criar a mi hija, que ya es mujer, me inspiró a escribir cuentos infantiles. Era una chiquilla en mi regazo, mirando un video que había recibido para las navidades. Fue su primer encuentro con la tele. En la pantalla había un padre jalando felizmente a su hija en una carretilla. Yo disfrutaba la escena, moviendo mi pie al compás de la canción "Papi me lleva al zoológico hoy" sin pensarlo mucho. Mi hija fue la que estaba pensando profundamente. Me tocó la rodilla, tratando de reconfortarme, y me dijo, "No te preocupes mami, tengo mi Poppop." Me quedé asombrada por todo lo que tuvo que haber pasado por su cerebro de dos años. Había mirado la pantalla, había notado que, a diferencia de esa niña, no tenía padre. Entonces pensó en su abuelo, pero también sintió la necesidad de consolarme. Híjole. Eso fue un proceso mental tan complicado para una chiquilla. Poco después empezó a dibujarse blanquita y rubia en vez de morenita y castaña. Me di cuenta que la imagen de familia en los medios nunca reflejaba la mía propia ni las de mis amigos. La discrepancia entre nuestra realidad y la imagen de familia y belleza que los medios nos muestran estaban perjudicando a mi hija. ¿Y dónde iba a encontrar un cuento sobre una niña latina que vive con su madre de veintiún años y la amiga de su madre de veinte años? Siempre me había gustado jugar con las palabras, pero de repente tenía algo que me empujaba a escribir. Escribí cuentos para mi hija, cuentos sobre ella, sus amigos, mi amiga Robin y mi hermana Kathleen que me ayudaban a criarla, su tío Armando, sus abuelos y su bella piel morena.
Unos años después me gradué de la universidad y me hice maestra. Mi primer trabajo fue en una escuela bilingüe de Santa Ana, California. Un día les estaba leyendo a mis estudiantes un libro bello sobre un niño anglo de clase media que se preparaba para dormir en casa de su amigo cuando un estudiante se me acercó y se acurrucó a mi pierna. Su mamá era divorciada, indocumentada y con cuatro hijos. Vivían en un garaje. De repente me asaltó la diferencia entre la vida del niño que tenía a mi lado y las vidas de los niños en el libro. Al igual que mi hija, estos estudiantes míos se dibujaban más blancos de lo que eran. Llevé paquetes de crayones "multiculturales" y un espejo al salón y pasamos un día mirándonos en el espejo y dibujándonos. Y claro, empecé a escribir cuentos sobre los niños que yo conocía, chiquillos que comparten cuartos y camas, beben horchata, comen dulces de tamarindo, tienen piel color canela o morenita, hablan español, se ponen botas vaqueras (eran los años 90...¡qué viva la quebradita!), bailan y algunos cruzan las fronteras sin papeles. Viven en familias extendidas, frecuentemente tienen padres con dos trabajos, y a veces no tienen ningún padre. Empecé el intento de publicar libros en vez de escribir nada más para mi hija.
amy costalesLo que escribo no representa a todos los niños latinos, pero agrega una parte importante a la representación. Porque mi hija, sus primos y mis estudiantes muchas veces vivían en familias extendidas, escribí de ese tipo de familia en Abuelita llena de vida, Abuelo vivía solo, y Los domingos en la calle Cuatro. Porque yo era madre soltera, y tantos niños viven en hogares con madre soltera o padre soltero, dos de esos cuentos muestran a una madre soltera, que soy yo. Y porque sé que en muchas familias el dinero es escaso, y frecuentemente me pregunto cómo se ha de sentir un niño que no tiene tanto al ser bombardeado de imágenes de niños que lo tienen todo, Los domingos en la calle Cuatro muestra una familia en donde tres niños comparten una cama. Lupe Vargas y su súper mejor amiga y Hola noche tienen temas universales porque creo que los niños latinos también deben ser mostrados como simples niños enfrentando cosas que todos los niños enfrentan, como la amistad y la hora de dormir.
Las vidas de todos los niños deben de ser legitimizados, no tan solo a ellos mismos, sino a todos los niños. Por eso no son los niños latinos los que tienen que leer sobre niños latinos, sino que todos los niños deben leer sobre niños latinos. Y los niños latinos tienen que leer sobre todo tipo de niño. Los niños van a comprender mejor la complejidad del país y del mundo si están expuestos a ella. Así que ahora me doy cuenta que tuve razón al leerles a mis estudiantes un libro sobre un niño blanco de clase media que se preparaba para dormir en casa de su amigo. Solo que tenía que acompañarlo con Los domingos en la calle Cuatro, donde pasar la noche con otro niño es algo que sucede cada noche, en la propia casa, en un cuarto compartido con los primos. Tenía que acompañarlo con Lupe Vargas y su súper mejor amiga, que muestra niños latinos de clase media.
Vivo en Eugene, Oregón. Tengo una hija y un hijo. Mi esposo, Fernando, tiene tres hijos. Nuestra familia es transnacional, divida entre México y EEUU. Vivimos en una pequeña casa pintada de colores mexicanos, rodeados de árboles oregonenses, con gallinas en el jardín y un montón de animales y niños que entran y salen corriendo por la puerta trasera.